Los discursos separan, pero los acuerdos políticos los juntan
Durante años, buena parte de la discusión política en Colombia se ha alimentado de una pelea permanente entre quienes se identifican con la izquierda y quienes defienden la derecha. En redes sociales, familias, grupos de amigos y espacios de trabajo se rompen relaciones por defender dirigentes que presentan al adversario como una amenaza para el país.
Sin embargo, la elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado volvió a mostrar que la política funciona de otra manera cuando entran en juego los intereses, los acuerdos y el poder. El senador del Centro Democrático obtuvo 56 votos frente a los 45 alcanzados por Alfredo Deluque, quien contaba con el respaldo del presidente electo Abelardo de la Espriella.
Lo llamativo fue que sectores del uribismo y del Pacto Histórico, enfrentados durante años en el discurso público, coincidieron en apoyar una misma candidatura. La unión no significa que hayan desaparecido sus diferencias ideológicas. Fue una alianza momentánea para alcanzar un propósito concreto dentro del Congreso y enviar un mensaje al próximo Gobierno.
Los seguidores pelean mientras los dirigentes negocian
Este episodio debería servir para que muchos ciudadanos observen la política con mayor serenidad. Mientras los seguidores se insultan, se bloquean en redes y convierten cada discusión en una batalla personal, los dirigentes pueden sentarse, conversar y votar juntos cuando las circunstancias así lo requieren.
La política está llena de acuerdos que nacen y desaparecen en cuestión de horas. Quien hoy es presentado como enemigo puede convertirse mañana en aliado, y quien aparece en una fotografía celebrando una victoria puede terminar enfrentado con sus compañeros cuando cambien los intereses o se discuta otra decisión.
Por eso resulta inconveniente entregar la tranquilidad, las amistades y hasta los afectos familiares por una defensa ciega de cualquier dirigente. Los políticos saben negociar, retroceder, acercarse y cambiar de posición. Los ciudadanos, en cambio, suelen quedarse con las heridas provocadas por discusiones que luego pierden sentido.
Una lección que no debería pasar inadvertida
La alianza que permitió elegir al nuevo presidente del Senado demuestra que la división entre izquierda y derecha no siempre es tan rígida como se presenta durante las campañas. En el Congreso también pesan la independencia frente al Gobierno, las reglas internas, los compromisos previos y la necesidad de construir mayorías.
No hay nada irregular en que fuerzas distintas coincidan durante una votación. La democracia exige diálogo y permite acuerdos entre sectores opuestos. Lo cuestionable aparece cuando los mismos líderes que promueven una confrontación intensa ante sus seguidores después actúan con una flexibilidad que nunca explicaron públicamente.
Los ciudadanos tienen derecho a respaldar ideas y proyectos políticos, pero también deberían exigir coherencia. Seguir una corriente no obliga a odiar a quien piensa diferente, justificar todas las actuaciones de un partido ni repetir insultos construidos para mantener dividida a la sociedad.
La elección del Senado dejó una imagen difícil de ignorar: izquierda y derecha, acostumbradas a mostrarse como enemigas irreconciliables, encontraron un punto de encuentro en un abrir y cerrar de ojos. Quizás la verdadera lección sea sencilla: defendamos las ideas, vigilemos a quienes gobiernan y nunca destruyamos nuestras relaciones por políticos que mañana pueden aparecer unidos.

