En La Guajira vuelve a repetirse una escena que ya conocemos demasiado bien: aspirantes al Senado y a la Cámara de Representantes que creen que su mejor carta de presentación es hablar mal del otro. Señalar, acusar, descalificar y sembrar dudas se ha convertido, para algunos, en la base de su discurso político. Como si destruir al contrincante fuera sinónimo de construir región.
Esta forma de hacer campaña no solo empobrece el debate democrático, sino que también revela una profunda carencia de ideas. Cuando un candidato centra su mensaje en atacar al otro, lo que realmente confiesa es que no tiene nada sólido que ofrecer, y es que en un departamento golpeado por el abandono, la corrupción y la desigualdad, perder el tiempo en rencillas personales es una falta de respeto con los ciudadanos.
La Guajira necesita representantes que hablen de agua, salud, educación, empleo, vías, seguridad y dignidad. No necesita más discursos cargados de veneno ni campañas basadas en el resentimiento. Cada palabra malintencionada no fortalece al que la pronuncia; por el contrario, termina amplificando al adversario. Hacer campaña hablando mal del otro es, en muchos casos, hacerle campaña gratis.
Sin embargo, como toda regla tiene su excepción, también hay que decirlo con claridad: existen líderes y políticos guajiros que han entendido que el verdadero camino es otro. Aquellos que prefieren hablar de lo que quieren hacer, de lo que van a gestionar y de lo que están dispuestos a defender por su tierra. A ellos, un aplauso sincero.
Estos hombres y mujeres han comprendido que la política no es una pelea de egos, sino una responsabilidad histórica. Que La Guajira no se transforma con ataques, sino con propuestas y compromisos. Que el respeto por el adversario también es respeto por el elector. Y que gobernar empieza por saber debatir sin destruir.
Resulta preocupante que algunos candidatos sigan apostándole al discurso del miedo y la descalificación, como si el electorado guajiro no tuviera memoria ni criterio. La gente ya sabe quién es quién. Ya ha sufrido las consecuencias de elegir mal. Y hoy exige algo distinto: madurez política, coherencia y visión de futuro.
Hablar mal del otro no limpia el pasado propio ni garantiza un mejor mañana. Al contrario, profundiza la desconfianza en la política y aleja a la ciudadanía de los procesos democráticos, y se convierten en campañas que refuerzan el desencanto.
Desde La Guajira, y desde esta redacción hacemos el llamado a menos ataques y más ideas. Menos odio y más propuestas. Menos ruido y más trabajo. Que los aspirantes al Congreso entiendan que no están compitiendo por un cargo, sino por la oportunidad de representar con dignidad a un pueblo que ya ha esperado demasiado.
La Guajira no necesita salvadores ni verdugos políticos. Necesita líderes que sepan construir sin destruir, debatir sin ofender y competir sin dividir. El verdadero liderazgo no se demuestra hablando mal del otro, sino demostrando que se puede hacer mejor. Y eso, al final, es lo único que realmente cuenta.
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