La historia de Esaú Hernández González, el joven wayuu que conmovió a La Guajira durante la rendición de cuentas de la Empresa de Servicios Públicos del departamento, tendrá un nuevo capítulo este año. El estudiante universitario anunció que volverá al mismo escenario donde hace un año pidió ayuda para su comunidad, pero ahora con un mensaje mucho más doloroso: su madre murió sin haber podido beber agua potable.
A finales de marzo del año pasado, durante la rendición de cuentas de la Empresa de Servicios Públicos de La Guajira (ESEPGUA), el joven tomó el micrófono frente a funcionarios y autoridades para pedir algo sencillo pero vital: que su madre pudiera beber agua limpia antes de morir. Su intervención estremeció el recinto cuando pronunció una frase que resumía la realidad de su ranchería: “nuestro acueducto son cuatro burros”.
Esaú, estudiante de ingeniería ambiental de la Universidad de La Guajira, habló en nombre de su familia y de la ranchería Lutaka, ubicada en el corregimiento de Jonjoncito, en el municipio de Uribia, donde las familias siguen dependiendo de animales de carga para transportar agua desde otras comunidades.
La promesa que nunca llegó

Después de aquella intervención pública, la situación de la ranchería llamó la atención de algunas entidades. Funcionarios del ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio visitaron la comunidad en varias ocasiones para revisar alternativas que permitieran mejorar el acceso al agua.
Durante esas visitas se evaluó la posibilidad de recuperar un pozo antiguo en la zona. Sin embargo, tras varias pruebas técnicas se concluyó que el pozo no podía ser rehabilitado. También se habló de incluir a la comunidad en nuevos proyectos de abastecimiento de agua.
Pero hasta ahora todo ha quedado en diagnósticos, visitas técnicas y promesas. Incluso, según el joven wayuu, existe una solicitud enviada desde el año pasado que todavía no ha recibido respuesta.
Entre responsabilidades y silencio institucional

Desde el inicio, explica Esaú, ESEPGUA se apartó de la situación señalando que la solución debía provenir del Gobierno Nacional, ya que el programa Wuin Ulesu, ejecutado a través de Findeter, estaba orientado a habilitar pozos antiguos en comunidades de la Alta Guajira.
El tiempo pasó, las visitas se realizaron, los estudios se hicieron y los anuncios quedaron sobre el papel. Mientras tanto, en la ranchería Lutaka la realidad siguió siendo la misma: familias que deben recorrer largas distancias para conseguir agua y que dependen de burros para transportarla.
Cada día los animales caminan más de una hora bajo el sol ardiente de La Guajira cargando bidones que apenas alcanzan para cocinar, beber y dar agua a los animales.
El mensaje que ahora llevará
Este 27 de marzo, cuando vuelva a realizarse la rendición de cuentas de ESEPGUA, Esaú planea regresar al mismo recinto donde habló por primera vez. Quiere volver a levantar la voz por su comunidad. Pero en esta ocasión su mensaje será distinto. Hace un año pidió que su madre pudiera beber agua potable antes de morir. Ahora dirá que su madre murió esperándola.
La historia refleja una realidad que persiste en varias zonas de la Alta Guajira, donde el acceso al agua potable sigue siendo una de las mayores dificultades para las comunidades indígenas.
La sed que no espera proyectos
Mientras las instituciones continúan discutiendo proyectos, planes y alternativas, en la ranchería Lutaka el problema sigue siendo urgente. Los jagüeyes, que almacenan agua de lluvia, comienzan a secarse y el temor a una nueva temporada de sequía vuelve a aparecer.
En medio de ese panorama, la frase que pronunció Eseú hace un año sigue teniendo vigencia: en algunas comunidades de La Guajira el acueducto sigue siendo cuatro burros caminando bajo el sol. La diferencia es que ahora esa frase no solo habla de sed. También habla de una promesa que nunca llegó a tiempo.

