La Navidad llega envuelta en luces, villancicos y mesas dispuestas para el encuentro, pero también trae consigo una nostalgia silenciosa que muchos prefieren callar. Es en estas fechas cuando la ausencia pesa más, cuando el corazón busca, casi sin darse cuenta, a quienes ya no están: padres, madres, hermanos, hijo, abuelos, seres queridos que partieron y dejaron un lugar vacío imposible de llenar.
En medio de la celebración, hay abrazos que se desean con todas las fuerzas del alma y nombres que se pronuncian en silencio. La Navidad no siempre es alegría; para muchos es memoria, es recuerdo, es aprender a convivir con el dolor de una silla vacía y una voz que ya no responde. Y aun así, se honra la vida de quienes se fueron manteniéndolos presentes en el pensamiento, en la oración y en el amor que no muere.
En La Guajira, la relación con la muerte es profunda y respetuosa. Aquí, los muertos no se olvidan; se cuidan, se nombran y se honran. Son parte de la familia, de la historia y del camino. La Navidad, entonces, no es solo una fiesta, sino un acto de recogimiento donde se agradece lo vivido y se abraza la memoria como un tesoro sagrado.
Tal vez por eso esta fecha duele un poco más: porque el deseo de abrazar es más fuerte, porque el corazón recuerda lo que fue hogar, guía y refugio. Pero también es una oportunidad para entender que el amor verdadero no se rompe con la ausencia. Permanece. Se transforma. Y se vuelve fuerza para seguir.
Que esta Navidad, entre luces y silencios, cada recuerdo sea un acto de amor. Porque, aunque falten cuerpos en la mesa, los seres queridos nunca faltan en el corazón.

