La muerte del joven turista y emprendedor alemán Elxnat Leif Lino, ocurrida este 6 de enero en La Guajira, no es solo una tragedia humana. Es también una alerta moral, social y política que el departamento no puede seguir ignorando. Hoy queda el dolor, la indignación y una pregunta inevitable: ¿cómo seguir invitando al mundo a conocer La Guajira si no se puede garantizar la vida de quienes llegan con respeto, ilusión y esperanza?
Elxnat no era un turista cualquiera. Tenía 26 años, era emprendedor, fundador de una start-up de sostenibilidad en Alemania y había llegado a Colombia motivado por conocer sus paisajes y culturas. Su historia representa exactamente el tipo de visitante que La Guajira dice querer atraer: consciente, respetuoso, interesado en lo ambiental y lo cultural. Sin embargo, terminó asesinado en una carretera promovida como ruta turística, víctima de la inseguridad que desde hace años se denuncia y pocas veces se enfrenta con resultados visibles.
Mientras tanto, desde la gobernación de La Guajira se insiste en un relato optimista. Se habla de “cultura viva”, de arte ancestral que cautiva al mundo, del “mejor video de promoción turística a nivel global”. Se destacan cifras de crecimiento, aeropuertos modernizados, proyectos como Compite y Escala, formación de operadores y reducción de bloqueos viales. Todo eso puede ser cierto en el papel y en los informes, pero la realidad del territorio se mide en vidas, no en estadísticas.
Porque este no es el primer hecho violento que involucra a visitantes o que ocurre en corredores estratégicos del turismo. No es un caso aislado. Es parte de una cadena de hechos que revelan una diferencia profunda entre la narrativa institucional y lo que ocurre en las vías, en las zonas rurales y en los municipios más promocionados como Uribia y Manaure. Allí, la presencia del Estado sigue siendo débil, intermitente o meramente simbólica.
No se puede seguir vendiendo a La Guajira como destino seguro mientras la seguridad no existe. No es coherente hablar de estándares internacionales para el turismo cuando no hay garantías mínimas para proteger la vida. El problema no es cultural ni étnico, como algunos insinúan con ligereza; el problema es estructural: abandono histórico, pobreza, impunidad y una institucionalidad que muchas veces aparece más en videos promocionales que en patrullajes, controles y prevención.
El turismo no se sostiene con imágenes bonitas ni con discursos bien elaborados. Se sostiene con seguridad, con respeto por la vida y con respuestas inmediatas. Cada turista que muere, cada viajero que es víctima de la violencia no solo enluta a una familia; también rompe la confianza, daña la reputación de La Guajira y deja al descubierto una verdad incómoda que no se puede seguir maquillando.
La Guajira tiene una riqueza cultural y natural incuestionable. Pero mientras esa riqueza no esté acompañada de garantías, el turismo seguirá caminando sobre una cuerda floja. Y cada tragedia, como la de Elxnat Leif Lino, nos recuerda que no basta con invitar al mundo: hay que cuidarlo cuando llega.

