Por: Emilsa Josefina Rojas Atencio
Hablar de la aviación en Colombia trasciende el concepto de transporte; es narrar la superación de una nación fragmentada por cordilleras y selvas que, durante siglos, impusieron el aislamiento como destino. En este relieve indómito, el avión no emergió como un objeto de lujo, sino como la respuesta vital para integrar un territorio disperso.
Esta epopeya comenzó formalmente en 1919 con el nacimiento de la Sociedad Colombo-Alemana de Transporte Aéreo (SCADTA), hoy Avianca, convirtiendo a nuestro país en pionero de la aviación comercial en America. Sin embargo, para nosotros, los guajiros, la aviación siempre ha tenido un tinte más personal, más de “puente” y de afectos. Como decimos por acá: “a lo tuyo tú”, reconociendo que nuestras potencialidades y fortalezas son los activos que nos vuelven imponentes ante el mundo.
El protagonismo de La Guajira y la memoria del “Almirante”
En este recorrido, nuestro departamento ha tenido un papel central. Entre finales de los años 70 y principios de los 80, La Guajira experimentó una época de oro aeroportuaria. Muchos atesoramos crónicas personales de esa evolución. En 1982, siendo apenas una niña, abordé junto a mis padres una avioneta de Tavina con destino a Barranquilla. A mi lado, mi hermano Edwin Enrique, aún en brazos, compartía una experiencia que simbolizaba a una Guajira que se negaba al rezago.
Pero más allá de las cifras, el Aeropuerto Almirante Padilla era nuestro punto de encuentro. ¡Qué tiempos aquellos! Evoco con nostalgia esos momentos que solo nosotros, los criollos, entendíamos. Ir al aeropuerto no era solo viajar; era ir a buscar a quién iba para Bogotá para mandarle la “encomienda” al hijo o a la hija que estaba estudiando allá.
Nada más era llegar y preguntar: “¿Quién va para la capital?”, y siempre aparecía un conocido dispuesto a llevar el chivo (especialmente en sesina), el pedazo de queso, el camarón o los dulces típicos. Incluso los camaroneros (nuestros paisanos de Camarones), enviaban hasta sus famosas cachirras, un pedacito de mar en una caja. Todos nos conocíamos; el aeropuerto era una extensión de nuestra sala. Hoy la dinámica ha cambiado; el flujo de pasaportes y el movimiento turístico y empresarial han crecido tanto que las caras conocidas son menos, pero el impacto es mayor.
El punto de ruptura: Visión prospectiva
Hoy, la conectividad aérea es el sistema circulatorio de la economía global. El verdadero hito de ruptura estratégica ocurrió este abril de 2026: el inicio de la operación de vuelos nocturnos hacia Bogotá. Este avance marca un antes y un después por tres razones fundamentales:
- Alineación Global: Integra a Riohacha a la dinámica de “ciudades-región”, con operatividad 24/7.
- Atracción de Capital: Elimina barreras temporales para la inversión.
- Autonomía Territorial: Rompe el “silencio aeroportuario”, situándonos al nivel de los principales nodos logísticos del país.
Cifras que respaldan el despegue e inversión necesaria
Este crecimiento no es una percepción. Bajo la gestión de Aerooriente, el Almirante Padilla ha mostrado una resiliencia admirable. Mientras que en 2019 movilizábamos 268,841 pasajeros, el cierre de 2024 marcó un hito histórico con 628,483 viajeros, un crecimiento del 21% respecto al año anterior.
Con un promedio de 1,700 pasajeros diarios, aerolíneas como Avianca y LATAM han consolidado a Riohacha como un eje clave. Sin embargo, este éxito plantea un desafío inmediato: la infraestructura física debe estar a la altura de nuestra ambición estratégica. Ya no basta con gestionar lo existente; es imperativo proyectar una ampliación ambiciosa de la terminal y las áreas de servicios. La Guajira demanda un aeropuerto que no solo reciba vuelos, sino que sea capaz de sostener el crecimiento de una región que ya no pide permiso para crecer.
Hacia un ecosistema de desarrollo
Mirando al horizonte, Riohacha debe evolucionar hacia el modelo de aerotrópolis: un ecosistema donde el aeropuerto es el núcleo de servicios, turismo y logística. Estamos conectando nuestra riqueza ancestral con los mercados globales.
El futuro nos exige una aviación sostenible y digitalizada. La Guajira despega hoy con la certeza de que el cielo no tiene fronteras. La apuesta es clara: transformar cada aterrizaje en bienestar y cada despegue en una declaración de autonomía. Porque al final, se trata de darle valor a lo nuestro, porque a lo tuyo tú, y lo nuestro es grandeza pura. Una grandeza que se siente en el aire y que me recuerda los benditos versos de Rafael Manjarrez:
“No sé por qué La Guajira se mete al océano así: como si pelear quisiera, como engreída, como altanera”.

